Tenía una mala costumbre, pero no todo era culpa suya, pues de pequeño había sido vendido en su pueblo natal del Maghred al walí de Almería en Al-Andalus, el cual lo destinó a su servicio particular como zeis y no lo hacía mal, a no ser por el vicio que había adquirido a través de los años.
Tenía dieciocho años cuando llegó a Isbiliya y fue el mejor zeis que jamás tuvo la casa de aquel arraiz (general), que había guerreado para defender las fronteras de su reino al servicio del rey Al-Mutamid, el culto rey de la dinastía de los Banú Abbàd.
En los primeros tiempos, nadie de la casa se dio cuenta de que Muhammad desaparecía a medio día y cuando se percataron del hecho y le preguntaron nunca dio explicaciones de donde había estado, ni aunque a veces le azotaron en firme, lo que ponía fuera de sí a su amo y señor, pero como por otra parte no daba motivos para ser vendido, lo soportaba, ya que era diligente y discreto.
El arraiz tenía un pequeño harem, cuatro concubinas y una esposa, la favorita y todas ellas servían con entusiasmo al amo de la casa.
Vivía con toda su familia y esclavos en una casa-vivienda, que tenía en su planta baja los establos, la bodega, cocina, un pequeño huerto con un pozo y una noria impulsada por un asno. En la parte superior la algorfa (soberado o cámara alta, que en algunas casas servía como almacen de granos).
Pero al estar la casa en el centro de la ciudad esta algorfa estaba bien decora con pinturas en las paredes y por los suelos toda llena de cojines y almohadones encima de ricas alfombrss traídas desde Persia, en donde hacían una vida regalada las mujeres.
Tenía la casa un patio donde estaban ubicadas todas las habitaciones a su alrededor, por donde le llegaba la luz y aire a las estancias. Las mujeres del arraiz paseaban por él al abrigo de las miradas indiscretas.
Enmedio de aquel patio de planta rectangular había un estanque y el agua provenía de la noria que sin cesar el asno sacaba del pozo del pequeño huerto, que impulsada y transportada por canalillos llegaba hasta el surtidor del estanque lo que hacía que en los días tórridos de calor refrescase el ambiente del patio. La sala central espaciosa y cuadrada con dos alcobas a cada extremo.
El piso superior, como ya hemos dicho estaba destinado al esparcimiento de la smujeres con una pequeña escalera que daba al huerto, por la cual ellas podían bajar a él sin ser vistas por ningun extraño que anduviese de visita por la casa. Además para subir al piso superior en el patio del estanque había otra escalera estrecha y empinada.
Las habitaciones de recepción y las salas comunes cobijaban por las noches a los diferentes miembros de la familia y otras a los criados. Para preservar del riguroso calor y del frío los muros eran gruesos de unos setenta centímetros de espesor, lo que le daba a aquella casa un buen aspecto de sólida construcción.
Cuando en la mesa del señor de la casa ya se había terminado de comer y no necesitaban de los servicios del Muhammad el zeis, este desaparecía sin que nadie diese con él y los otros criados suponían que se iba al huerto a sestear.
La escalera qu servía para que las mujeres bajasen hasta el huerto a recolectar las hiervas aromáticas que sembraban o a solazarse sin que fuesen vistas por nadie, era la que utilizaba nuestro zeis, para dirigirse a los ajimeces que daban al huerto y colocarse detrás de las celosías cubiertas por las ramas de los jazmines y buganvillas. Desde este punto privilegiado atisbaba a las féminas que descuidadas en tiempos verniegos, reposaban desnudas sobre los almohadones.
Este era el pequeño vicio del Muhammad tenía y que no compartía con nadie, vicio que le venía desde muy pequeño.
La última de las concubinas que había llegado a la casa, la había traído el general cuando hizo una razia por las cercanías de Carmona, localidad que se defendía de los ataques de los sevillanos y que aún no se había incorporado al reino de Isbiliya a pesar de la cercanía con la ciudad.
Esta concubina no procedía de muy buen lugar, pero como era hermosa, el arraiz se había enamorado de ella y la trajo consigo.
Una tarde echada encima de unos almohadones, mientras las demás habían quedad en el patio, se desnudó para paliar los efectos de la canícula que a esas horas del medio día se hacía sentir con rigor.
Muhamma se acercó desde el borde de la escalera al aljimez y allí se acurrucó en un rin´cón para delitarse con la visión.
Pero Allah quiso castigar al zeis aquel día e hizo que se le resbalase el pie del filo del afeizar y la bella notase que alguien al espiaba.
En un principio la concubina se alarmó, pero al ver entre la hojarasca el turbante azul del zeis, pensó que sería bueno ponerlo en ascuas y comenzó a gemir encima de los almohadones y a lamentarse en mediana voz, mientras con sus manos se acariciaba en medio de las piernas.
-Ay de mi! ¡que desgraciada soy! ¡ mi señor no mi visita desde hace tres lunas, porque las otras esposas le atraen muchos mas!.
Muhammad sintió que todo su ser se estremecía, pues hubiese querido consolar a la pobre joven, sin ni siquiera sospechar que ella desde la edad núbil había estado en la casa pública de Carmona...la concubina siguió lamentándose.
-¡Quisiera que algún hombre me apagase la sed que tengo! ¡Que su carne sea como el almibar de mi tierra, dulce como la miel y que me transporte a los confines del paraiso con el movimiento del placer!
Ummmmmmmm, que sensación, que buena sensación, tendría si ahora estuviese aquí un hombre! ¡le daría la profundidad d emi nido hasta que quedase extenuado!.
El zeis cada vez estaba más fuera de sí, y el sudor perlaba su frente observando a la bella hurí que se retorcía encima de los almohadones.
La concubina tomó en sus manos cinco dinars (monedas de oro), que su amo le había regalado y se las colocó dentro de su nido, volviendo la cara al aljimez para que Muhammad lo pudiese comprobar, arquendo su cuerpo todo lo que podía para que el zeis pudiese ver en su interior y así excitarlo mucho más.
El zeis no podía más y con una leve presión de sus dedos, empujó la celosía y como un felino entró en la habitación.
La concubina entreabrió los ojos y se sintiño satisfecha de la impresiñon que le había causado a Muhammad, pues él no temía ni a los azotes que le pudiesen dar por el sólo hecho de ir al reclamo de la hembra.
-Oh, Muhammad ¿qué buscas aquí?
-¡Te busco a ti!
-¿No temes las consecuencias?
-¡No las temo si tengo el premio que deseo!
-¡Si eres capaz de cojer tu premio yo te lo doy!
-¡Soy capaz!
-¡Adelante mi buen zeis!
Alargó la mano buscando entre las piernas, pero siempre se le escapaban las monedas entre las manos por la humedad del sitio, mientras la concubina gemía de placer arqueando cada vez más su cuerpo en el mayor éxtasis de su vida.
-¡Sigue mi adordo zeis, al final tendrás tu premio!
-¡Ya tengo una!
-¡Aún te faltan cuatro!
-¿Las puedo cojer?
-¡Cojelas si puedes!
Muhammad lo intentó pero cada vez era más difícil asir algunas de aquellas monedas, así que con sus fuertes brazos abrió las piernas de la joven y al ver aquel nido velludo llegó al paroxismo y su virilidad expuesta a tan alta tensión descargó en una oleada tremenda, llena de pasión encima de los almohadones y al lado de la experta hurí.
-¡Has perdido! ¡vete inmediatamente si no quieres que grite!
Asustado el zeis de las consecuencias que aquello podía tener para su persona, salió a todo correr por donde había venido, bajando por las estrechas escaleras al pequeño huerto y dirigiendose a la noria, se desnudó y se bañó en el pequeño pilón que había al lado de la misma, purificando su cuerpo y su alma.
continuará la historia.........

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