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Muhammad no podía conciliar el sueño, sus dieciocho años le reclaamaban el débito del placer de la carne, porque hasta ahora sólo sehabía contentando con expiar a las mujeres de los tres serrallos donde sirvió, así que la feroz embestida de su masculinidad no había hecho más que empezar.
A todas seguía con la vista a la concubina, esperando alguna señal de ella, pero la bella, sabía por los muchos hombres que había tratado, no se dignaba ni tan siquiera mirarle. Esperaba que ella le indicase cuando tenía que ir a recojer el premio de las cuatro monedas de oro que aun faltaban y que habían quedado intactas en el nido de ella y como no le hacía al más mínimo caso se entregaba a la mas completa desesperación y congoja.
Aquel día, cuando ya no precisaron más de sus servicios, se encaminó al fondo de huerto donde había un cobertizo, para escanciar sus necesidades más perentorias en donde se encontraban las letrinas.
Por una rendija de la puerta observó la parte frontal de la casa que daba al huerto y allí vio, recortada en el ajimez, a la concubina que se despojaba de sus ricas ropas de seda y tules, quedando completamente desnuda para disponerse a cormir la siesta.
Como su virilidad estaba a flor de piel, manipuló su órgano hasta quedar satisfecho, como hasta hacía varios días había hecho efectuando su espionaje a las mujeres, pero cuando salió su amada pudo más que la prudencia, atravesó el huerto y sigilosamente subió como la primera vez por la estrecha escalera- Llegó al alero de la casa y con un pequeño impulso se encaramó en el afeizar y en él se sentó esperando la invitación de la concubina.
Como ella debía estar al tanto de los movimientos del zeis, comenzó a gemir y arquearse encima de los almohadones como la última vez, como si la vida se le escapase a borbotones en el deseo de ser penetrada.
-¡Mi buen zeis ven a aliviarme este ardor y tendrás tu premio!...dijo.
Raudo como una centella, presionó la celosía y penetró en la estancia, dirigiendose rápìdamente a buscar el prometido premio, pero la taimafa hurí no lo había colocado en su nido como la última vez. Buscó y buscó, metiendo los dedos y haciendo que los gemidos y las contorsiones fuesen esta vez más sensuales y con voz queda y ardorosa le pedía que apagase las necesidades que alli tenía pues estaba sin satisfacer desde hacía tres lunas.
Comprendió Muhammad lo que le pedía y bajando su zaragüelles hasta la mitad de las piernas, se dispuso a saciar la sed que la joven tenía allí dentro de su nido, pero los excesos momentos antes e el cobertizo del huerto hicieron que Muhammad no luciese toda su completa anatomía y como, la bella quedó insatisfecha despidió al zeis con cajas destempladas, dejando a la concubina con más necesidades aún que al principio.
Maldiciendo su mala estrella y sintiéndose desgraciado se sentó al borde del pozo contemplando aquel ajimez, como quien contempla la luna.
Sentado en el brocal se pasó toda la tarde, echandosele encima la oscuridd de la noche y cuando las estrellas se perfilaban en el firmamento pudo obsrvar una figura imponente que se dibujaba en el interior de las estancia que ocupaba la concubina y lleno de curiosidad, volvió a encaramarse eñ afeizar para observar sin ser visto.
Aquella sombra era del dueño de la casa que venia a saciar la sed de la concubina, la cual ya estaba abrazada inequivocamente a su señor dándole la bienvenida dentro de su cuerpo.
El zeis observó y pudo comprobar la cara de satisfacciñon que ponía la joven, cada vez que aquel hombre fuerte y moreno la embestía con fuerza arrolladora, transportándola a las más lejanas regiones del placer y como ella intuía que el zeis se encontraba espiando, miraba a la celosía y entornaba los ojos, mientras con los carnosos labios enviaba cariñosos besos a Muhammad, con lo que hizo que este se resbalase y diese con su cuerpo en tierra allá entre las hiervas aromáticas del huerto.
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La obsesión del zeis llegó a ser descubierta por los otros moradores de la casa, pues siempre estaba pendiente de los movimientos de la joven. Los demás criados lo advirtieron y le recomendaron cuidado, pues podría perder la vida en el caso de que su amo se diese cuenta.
Las otras concubinas también se percataron de ello, y con risas y bromas demosyraban que estaban al cabo de la calle, pero se quedaban mudas cuando entraba en la estancia la favorita.
Pero el amor o el encandilamiento, no quiere consentir distancias y a los pocos días, una noche, no pudiendo esperar más, siguió los impulsos de su corazón y se dirigió al encuentro de la jove sin previo aviso.
Cuando llegó al afeizar, no esperó a que se le indicase si tenía el camino libre y com en día anteriores presionó la celosía y penetró en la estancia.
-¡Mi bella amada! ¿estas ahí?
No obtuvo respuesta, pensando que andaría dormida, en la oscuridad palpó a un lado y otro, hasta que encontró un bulto recostado y acarició aquel cuerpo pareciéndole la que él buscaba. Pero Allah lo confundió y en su ceguera y tocamientos no notó que aquellas formas de mujer no era los de la que él había venido a buscar.
-¿Quién es?- preguntó una voz.
-¡Soy yo Muhammad!
-¿Que quieres?
-¡Mi premio!
-¡Ya lo tienes!
Se encendió una candila y pudo comprobar que era la primera esposa del arraiz, la favorita, la madre d elos hijos del arraiz, que era la que estaba acostada junto al ajimez y que se había hecho pasar por su amada. En un rincón estaba el arraiz sentado apoyando sus espaldas contra la pared y con mirada severa le dijo:
-Saldrás de esta casa y te llevarán a Lucena, allí te convertirán en eunuco y después te venderé!.
F I N
Nota: Los judíos de Lucena eran verdaderos expertos en cercenar los genitales de los que eran destinados a aunucos para cuidar de los harenes árabes. La forma de hacerlo era muy cruenta, pues los tendían en una tabla en decúbito supino y cortaban de un solo tajo los genitales que sangraban, despuñes eran cuaterizados con una barra al rojo vivo. Algunos morian de esta cruel operación, pero el que lograba sobrevivir tenía un gran poder en los harenes d elos señores adinerados.
