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Terra
La Coctelera

MUHAMMAD ASH-SHARAFI, EL MIRÓN (2ª PARTE)

continuación......
Muhammad no podía conciliar el sueño, sus dieciocho años le reclaamaban el débito del placer de la carne, porque hasta ahora sólo sehabía contentando con expiar a las mujeres de los tres serrallos donde sirvió, así que la feroz embestida de su masculinidad no había hecho más que empezar.
A todas seguía con la vista a la concubina, esperando alguna señal de ella, pero la bella, sabía por los muchos hombres que había tratado, no se dignaba ni tan siquiera mirarle. Esperaba que ella le indicase cuando tenía que ir a recojer el premio de las cuatro monedas de oro que aun faltaban y que habían quedado intactas en el nido de ella y como no le hacía al más mínimo caso se entregaba a la mas completa desesperación y congoja.
Aquel día, cuando ya no precisaron más de sus servicios, se encaminó al fondo de huerto donde había un cobertizo, para escanciar sus necesidades más perentorias en donde se encontraban las letrinas.
Por una rendija de la puerta observó la parte frontal de la casa que daba al huerto y allí vio, recortada en el ajimez, a la concubina que se despojaba de sus ricas ropas de seda y tules, quedando completamente desnuda para disponerse a cormir la siesta.
Como su virilidad estaba a flor de piel, manipuló su órgano hasta quedar satisfecho, como hasta hacía varios días había hecho efectuando su espionaje a las mujeres, pero cuando salió su amada pudo más que la prudencia, atravesó el huerto y sigilosamente subió como la primera vez por la estrecha escalera- Llegó al alero de la casa y con un pequeño impulso se encaramó en el afeizar y en él se sentó esperando la invitación de la concubina.
Como ella debía estar al tanto de los movimientos del zeis, comenzó a gemir y arquearse encima de los almohadones como la última vez, como si la vida se le escapase a borbotones en el deseo de ser penetrada.
-¡Mi buen zeis ven a aliviarme este ardor y tendrás tu premio!...dijo.
Raudo como una centella, presionó la celosía y penetró en la estancia, dirigiendose rápìdamente a buscar el prometido premio, pero la taimafa hurí no lo había colocado en su nido como la última vez. Buscó y buscó, metiendo los dedos y haciendo que los gemidos y las contorsiones fuesen esta vez más sensuales y con voz queda y ardorosa le pedía que apagase las necesidades que alli tenía pues estaba sin satisfacer desde hacía tres lunas.
Comprendió Muhammad lo que le pedía y bajando su zaragüelles hasta la mitad de las piernas, se dispuso a saciar la sed que la joven tenía allí dentro de su nido, pero los excesos momentos antes e el cobertizo del huerto hicieron que Muhammad no luciese toda su completa anatomía y como, la bella quedó insatisfecha despidió al zeis con cajas destempladas, dejando a la concubina con más necesidades aún que al principio.
Maldiciendo su mala estrella y sintiéndose desgraciado se sentó al borde del pozo contemplando aquel ajimez, como quien contempla la luna.
Sentado en el brocal se pasó toda la tarde, echandosele encima la oscuridd de la noche y cuando las estrellas se perfilaban en el firmamento pudo obsrvar una figura imponente que se dibujaba en el interior de las estancia que ocupaba la concubina y lleno de curiosidad, volvió a encaramarse eñ afeizar para observar sin ser visto.
Aquella sombra era del dueño de la casa que venia a saciar la sed de la concubina, la cual ya estaba abrazada inequivocamente a su señor dándole la bienvenida dentro de su cuerpo.
El zeis observó y pudo comprobar la cara de satisfacciñon que ponía la joven, cada vez que aquel hombre fuerte y moreno la embestía con fuerza arrolladora, transportándola a las más lejanas regiones del placer y como ella intuía que el zeis se encontraba espiando, miraba a la celosía y entornaba los ojos, mientras con los carnosos labios enviaba cariñosos besos a Muhammad, con lo que hizo que este se resbalase y diese con su cuerpo en tierra allá entre las hiervas aromáticas del huerto.

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La obsesión del zeis llegó a ser descubierta por los otros moradores de la casa, pues siempre estaba pendiente de los movimientos de la joven. Los demás criados lo advirtieron y le recomendaron cuidado, pues podría perder la vida en el caso de que su amo se diese cuenta.
Las otras concubinas también se percataron de ello, y con risas y bromas demosyraban que estaban al cabo de la calle, pero se quedaban mudas cuando entraba en la estancia la favorita.
Pero el amor o el encandilamiento, no quiere consentir distancias y a los pocos días, una noche, no pudiendo esperar más, siguió los impulsos de su corazón y se dirigió al encuentro de la jove sin previo aviso.
Cuando llegó al afeizar, no esperó a que se le indicase si tenía el camino libre y com en día anteriores presionó la celosía y penetró en la estancia.
-¡Mi bella amada! ¿estas ahí?
No obtuvo respuesta, pensando que andaría dormida, en la oscuridad palpó a un lado y otro, hasta que encontró un bulto recostado y acarició aquel cuerpo pareciéndole la que él buscaba. Pero Allah lo confundió y en su ceguera y tocamientos no notó que aquellas formas de mujer no era los de la que él había venido a buscar.
-¿Quién es?- preguntó una voz.
-¡Soy yo Muhammad!
-¿Que quieres?
-¡Mi premio!
-¡Ya lo tienes!
Se encendió una candila y pudo comprobar que era la primera esposa del arraiz, la favorita, la madre d elos hijos del arraiz, que era la que estaba acostada junto al ajimez y que se había hecho pasar por su amada. En un rincón estaba el arraiz sentado apoyando sus espaldas contra la pared y con mirada severa le dijo:
-Saldrás de esta casa y te llevarán a Lucena, allí te convertirán en eunuco y después te venderé!.

F I N

Nota: Los judíos de Lucena eran verdaderos expertos en cercenar los genitales de los que eran destinados a aunucos para cuidar de los harenes árabes. La forma de hacerlo era muy cruenta, pues los tendían en una tabla en decúbito supino y cortaban de un solo tajo los genitales que sangraban, despuñes eran cuaterizados con una barra al rojo vivo. Algunos morian de esta cruel operación, pero el que lograba sobrevivir tenía un gran poder en los harenes d elos señores adinerados.

MUHAMMAD ASH-SHARAFI, EL MIRÓN

Tenía una mala costumbre, pero no todo era culpa suya, pues de pequeño había sido vendido en su pueblo natal del Maghred al walí de Almería en Al-Andalus, el cual lo destinó a su servicio particular como zeis y no lo hacía mal, a no ser por el vicio que había adquirido a través de los años.
Tenía dieciocho años cuando llegó a Isbiliya y fue el mejor zeis que jamás tuvo la casa de aquel arraiz (general), que había guerreado para defender las fronteras de su reino al servicio del rey Al-Mutamid, el culto rey de la dinastía de los Banú Abbàd.
En los primeros tiempos, nadie de la casa se dio cuenta de que Muhammad desaparecía a medio día y cuando se percataron del hecho y le preguntaron nunca dio explicaciones de donde había estado, ni aunque a veces le azotaron en firme, lo que ponía fuera de sí a su amo y señor, pero como por otra parte no daba motivos para ser vendido, lo soportaba, ya que era diligente y discreto.
El arraiz tenía un pequeño harem, cuatro concubinas y una esposa, la favorita y todas ellas servían con entusiasmo al amo de la casa.
Vivía con toda su familia y esclavos en una casa-vivienda, que tenía en su planta baja los establos, la bodega, cocina, un pequeño huerto con un pozo y una noria impulsada por un asno. En la parte superior la algorfa (soberado o cámara alta, que en algunas casas servía como almacen de granos).
Pero al estar la casa en el centro de la ciudad esta algorfa estaba bien decora con pinturas en las paredes y por los suelos toda llena de cojines y almohadones encima de ricas alfombrss traídas desde Persia, en donde hacían una vida regalada las mujeres.
Tenía la casa un patio donde estaban ubicadas todas las habitaciones a su alrededor, por donde le llegaba la luz y aire a las estancias. Las mujeres del arraiz paseaban por él al abrigo de las miradas indiscretas.
Enmedio de aquel patio de planta rectangular había un estanque y el agua provenía de la noria que sin cesar el asno sacaba del pozo del pequeño huerto, que impulsada y transportada por canalillos llegaba hasta el surtidor del estanque lo que hacía que en los días tórridos de calor refrescase el ambiente del patio. La sala central espaciosa y cuadrada con dos alcobas a cada extremo.
El piso superior, como ya hemos dicho estaba destinado al esparcimiento de la smujeres con una pequeña escalera que daba al huerto, por la cual ellas podían bajar a él sin ser vistas por ningun extraño que anduviese de visita por la casa. Además para subir al piso superior en el patio del estanque había otra escalera estrecha y empinada.
Las habitaciones de recepción y las salas comunes cobijaban por las noches a los diferentes miembros de la familia y otras a los criados. Para preservar del riguroso calor y del frío los muros eran gruesos de unos setenta centímetros de espesor, lo que le daba a aquella casa un buen aspecto de sólida construcción.
Cuando en la mesa del señor de la casa ya se había terminado de comer y no necesitaban de los servicios del Muhammad el zeis, este desaparecía sin que nadie diese con él y los otros criados suponían que se iba al huerto a sestear.
La escalera qu servía para que las mujeres bajasen hasta el huerto a recolectar las hiervas aromáticas que sembraban o a solazarse sin que fuesen vistas por nadie, era la que utilizaba nuestro zeis, para dirigirse a los ajimeces que daban al huerto y colocarse detrás de las celosías cubiertas por las ramas de los jazmines y buganvillas. Desde este punto privilegiado atisbaba a las féminas que descuidadas en tiempos verniegos, reposaban desnudas sobre los almohadones.
Este era el pequeño vicio del Muhammad tenía y que no compartía con nadie, vicio que le venía desde muy pequeño.
La última de las concubinas que había llegado a la casa, la había traído el general cuando hizo una razia por las cercanías de Carmona, localidad que se defendía de los ataques de los sevillanos y que aún no se había incorporado al reino de Isbiliya a pesar de la cercanía con la ciudad.
Esta concubina no procedía de muy buen lugar, pero como era hermosa, el arraiz se había enamorado de ella y la trajo consigo.
Una tarde echada encima de unos almohadones, mientras las demás habían quedad en el patio, se desnudó para paliar los efectos de la canícula que a esas horas del medio día se hacía sentir con rigor.
Muhamma se acercó desde el borde de la escalera al aljimez y allí se acurrucó en un rin´cón para delitarse con la visión.
Pero Allah quiso castigar al zeis aquel día e hizo que se le resbalase el pie del filo del afeizar y la bella notase que alguien al espiaba.
En un principio la concubina se alarmó, pero al ver entre la hojarasca el turbante azul del zeis, pensó que sería bueno ponerlo en ascuas y comenzó a gemir encima de los almohadones y a lamentarse en mediana voz, mientras con sus manos se acariciaba en medio de las piernas.
-Ay de mi! ¡que desgraciada soy! ¡ mi señor no mi visita desde hace tres lunas, porque las otras esposas le atraen muchos mas!.
Muhammad sintió que todo su ser se estremecía, pues hubiese querido consolar a la pobre joven, sin ni siquiera sospechar que ella desde la edad núbil había estado en la casa pública de Carmona...la concubina siguió lamentándose.
-¡Quisiera que algún hombre me apagase la sed que tengo! ¡Que su carne sea como el almibar de mi tierra, dulce como la miel y que me transporte a los confines del paraiso con el movimiento del placer!
Ummmmmmmm, que sensación, que buena sensación, tendría si ahora estuviese aquí un hombre! ¡le daría la profundidad d emi nido hasta que quedase extenuado!.
El zeis cada vez estaba más fuera de sí, y el sudor perlaba su frente observando a la bella hurí que se retorcía encima de los almohadones.
La concubina tomó en sus manos cinco dinars (monedas de oro), que su amo le había regalado y se las colocó dentro de su nido, volviendo la cara al aljimez para que Muhammad lo pudiese comprobar, arquendo su cuerpo todo lo que podía para que el zeis pudiese ver en su interior y así excitarlo mucho más.
El zeis no podía más y con una leve presión de sus dedos, empujó la celosía y como un felino entró en la habitación.
La concubina entreabrió los ojos y se sintiño satisfecha de la impresiñon que le había causado a Muhammad, pues él no temía ni a los azotes que le pudiesen dar por el sólo hecho de ir al reclamo de la hembra.
-Oh, Muhammad ¿qué buscas aquí?
-¡Te busco a ti!
-¿No temes las consecuencias?
-¡No las temo si tengo el premio que deseo!
-¡Si eres capaz de cojer tu premio yo te lo doy!
-¡Soy capaz!
-¡Adelante mi buen zeis!
Alargó la mano buscando entre las piernas, pero siempre se le escapaban las monedas entre las manos por la humedad del sitio, mientras la concubina gemía de placer arqueando cada vez más su cuerpo en el mayor éxtasis de su vida.
-¡Sigue mi adordo zeis, al final tendrás tu premio!
-¡Ya tengo una!
-¡Aún te faltan cuatro!
-¿Las puedo cojer?
-¡Cojelas si puedes!
Muhammad lo intentó pero cada vez era más difícil asir algunas de aquellas monedas, así que con sus fuertes brazos abrió las piernas de la joven y al ver aquel nido velludo llegó al paroxismo y su virilidad expuesta a tan alta tensión descargó en una oleada tremenda, llena de pasión encima de los almohadones y al lado de la experta hurí.
-¡Has perdido! ¡vete inmediatamente si no quieres que grite!
Asustado el zeis de las consecuencias que aquello podía tener para su persona, salió a todo correr por donde había venido, bajando por las estrechas escaleras al pequeño huerto y dirigiendose a la noria, se desnudó y se bañó en el pequeño pilón que había al lado de la misma, purificando su cuerpo y su alma.

continuará la historia.........

LEYENDAS ERÓTICAS

QUERIDOS AMIGOS:
NOS PROPONEMOS DAR A CONOCER ALGUNAS HISTORIAS Y LEYENDAS ERÓTICAS DE AL-ANDALUS.
SI ALGUIEN ESTÁ INTERESADO EN HACER ALGUNA CRÍTICA PODRÁN HACERLA SIN CENSURA DE NINGÚN TIPO.
LAS HISTORIAS O LEYENDAS OCURRIERON DURANTE LOS SIGLOS X al XII, ALREDEDOR DE SEVILLA (ISBILIYA).
TODAS SON INÉDITAS Y ESTÁN REGISTRADAS EN EL INDICE DE LA PROPIEDAD ITELECTUAL, CON SU NÚMERO CORRESPONDIENTE, POR LO TANTO CUALQUIER COPIA DE LAS MISMAS TOTAL O PARCIAL PODRÁN SER CONSIDERADAS DELITO TIPIFICADO EN EL CÓDIGO PENAL.
SALUDOS
PACO SIERRA